jueves, junio 12, 2003

Quico

Quico trabajaba catorces malditas horas diarias en unos grandes almacenes. Bueno, a decir verdad trabajaba en la puerta de los grandes almacenes pues su misión era portar un enorme cartel anunciando las ofertas del día. De vez en cuando tenía que animar a viva voz a los transeúntes para que entraran a dejar sus ahorros allí. Su mujer se llamaba Perséfone. Era una auténtico reptil, según palabras de la madre de Quico. Sobretodo después de que su hijo tras pasar todo el día bajo un sol infernal de un mes de agosto, volviese a casa y descubriese que su mujer había descerrajado dos tiros a su perro Cuco y después de haber estrangulado a su precioso loro ecuatoriano, había ahogado en la bañera a su hijito Heliodoro. En el juicio alegó que como su marido no había querido instalar en casa el aire acondicionado, el calor la había trastornado y había escuchado una voz que le decía que debía liberar al mundo de no sé qué maldición. El caso es que convenció al jurado de que estaba loca y se libró de la silla eléctrica. Encima la enviaron al mejor sanatorio mental del país. Estaba en una bonita habitación con vistas a la playa y con un puto aparato de aire acondicionado que ni siquiera enchufaba casi nunca. Lo peor de todo es que Quico empezó a creer que realmente había sido culpa suya por no haber instalado aquel maldito aparato. Así que cuando desprecintaron la casa al acabar el juicio lo primero que hizo fue llamar al instalador. En cuanto entraba en su casa lo conectaba e intentaba no oír aquellas supuestas voces que rondaban la casa. A menudo tenía que ponerse el abrigo del frío que hacía, pero apagarlo, ni en sueños. Pensó en llamar a su ex mujer, pero recordó que estaba en Europa de gira con el grupo musical del macarra que se la llevó hacía ya casi siete años. Así que lo único que podía hacer era entregarse en cuerpo y alma a su trabajo. Por cierto, después del “Caso Perséfone”, como se conoció a aquello, el director del centro comercial tuvo miedo de que el sol le produjese lo mismo a Quico, allí en la calle y lo trasladaron a otro departamento. Curiosamente a la sección de caza y pesca. ¡Hay que joderse! Todo el día rodeado de machetes, arpones y escopetas de caza. Eso sí, al menos había aire acondicionado en toda la planta. Lo peor era cuando alguna mujer se acercaba y le preguntaba el precio de las escopetas recortadas, solo por puro morbo, claro. Encima le hacían las típicas preguntas como si con una escopeta así podían matar a un perro en carrera en el supuesto caso de que estuviese a punto de atacar a su pequeño hijo en el parque y cosas así. Él solo podía apretar los dientes y desear que se estropease el aire acondicionado mientras acariciaba la escopeta con una sonrisa de esas que hielan al que la recibe. Contestaba que sería más eficaz contra alguna ladrona toca pelotas que entrase en sus dominios. Normalmente aquí acababa la conversación y las clientas salían disparadas hacia la salida mirando hacia atrás cada dos pasos. Ninguna de ellas tenía el valor de ir a poner una reclamación después de ver esa sonrisa. Quico aun sin trabajar ya a pleno sol, nunca dejó de poner el aire acondicionado al llegar a su casa. Aunque algo le decía que aún con él puesto algún día escucharía una voz que le dijese que acabase con todas esas cotorras preguntonas y morbosas de los grandes almacenes. Ahora ya no trabajaba las catorce horas de rigor. Tenía un turno de ocho horas. Acababa a las seis de la tarde, así que tenía tiempo libre para pensar y practicar nuevas aficiones. Se había inscrito en un curso a distancia de tiro con arco, sobretodo porque le regalaron la matrícula del curso, ya que tener al “marido de Perséfone” entre sus alumnos, daba prestigio al club de tiro. Curiosamente se carteaba con su mujer Perséfone. Ella le contaba que su estancia era muy agradable en aquel sanatorio, sobretodo por las tardes, cuando las sesiones de descargas eléctricas acababan y la dejaban descansar en su cuarto. Tenía tiempo para escribir sus memorias. Una editorial aceitosa y hambrienta de morbo le había ofrecido una cuantiosa cantidad de dinero por contar su vida, inventada o no. Pero sobretodo por contar con todo lujo de detalles los tres asesinatos en su casa. Ella aceptó, por supuesto. Y encima se permitía la licencia de preguntarle a Quico en alguna de sus cartas sobre los detalles de cómo quedaron los cuerpos o los objetos en la casa, ya que según ella, no se acordaba muy bien de esos importantes detalles. Después de aquello, Quico rompía las cartas de ella sin ni siquiera abrirlas. Meses después, encontró un ejemplar de “Os salvé de la Maldición” escrito por su mujer, encima del mostrador de su puesto de armas. “Alguna de estas jodidas brujas lo ha dejado aquí”, pensó. El colmo fue cuando vio el cartel del estreno de la película “Perséfone, la heroína y su intransigente marido”.No, no era una película “X”. Era la película del libro de su mujer. A Quico se le hinchó la vena de la sien derecha. “La reóstia cagüenlá”, soltó. Cogió el nuevo fusil de asalto preferido por los cazadores de osos polares y llenó con calma el cargador de munición. Se dirigió hacia el cine del estreno. El taxista no pudo, ni quiso negarse a llevarle. Y menos cuando tenía un fusil pegado a la nuca apuntándole. Llegó casi al final de la película. Justo cuando la mujer de la película se dirigía hacia Cuco con la escopeta cargada. Solo se escuchaban las ráfagas del fusil mientras la gente corría aplastándose unos a otros para salvarse de la matanza. Los últimos quince disparos que se escucharon fueron los de la policía. Quico arrodillado delante de la gran pantalla, ensangrentado de arriba abajo, dijo: “al menos este jodido cine tiene aire acondicionado” y su carcajada se apagó para desplomarse sobre la primera fila.

Ximo

Desde que le dejó su mujer no había vuelto a montar en bicicleta. Ya no le agradaba pedalear por el bosque, escuchando aquellos grillos a los que, con el tiempo, había aprendido a considerar como elementos imprescindibles de todo buen paseo. Conoció a la que luego sería su mujer en aquel bosque. Precisamente dando su paseo diario en bici. Desvió un momento la vista del camino intentando descubrir el escondrijo de aquellos malditos insectos que taladraban su cabeza desde que salía de su casa hasta que regresaba sudoroso y jadeante, cuando sin saber cómo, chocó frontalmente contra una preciosa morena que había detenido su bicicleta para reponer un poco de líquido elemento. Ximo cayó sobre su costado izquierdo y la chica a pesar del golpe pudo mantenerse en pie, aunque no por ello dejó de blasfemar antes incluso de que él se levantase del suelo. Después de las formales disculpas y las preguntas sobre el estado de salud de la chica, vinieron las presentaciones. Ella se llamaba María. Tenía un cuerpo precioso. Bien moldeado tras largas horas de gimnasio y paseos en bicicleta. A ella le consoló comprobar que ya que él había tenido la culpa, al menos se había roto dos dedos de la mano en la caída. De todas formas sintió un poco de lástima, así que aceptó la invitación de él de compensarla con una cena íntima. Tras hora y media de estúpida conversación con estúpidas preguntas tópicas sobre trabajo y aficiones, disfrutaron del sexo durante lo que quedó de noche. Todo lo demás vino rodado: una boda hortera apenas transcurridos diez meses desde su primer encuentro con apenas una par de invitados por parte de él y casi un par de pares de docenas de invitados por parte de la novia. A la familia de Ximo le gustó saber que ella trabajaba en una granja veterinaria, pero no les hizo nada de gracia saber que su trabajo consistía en masturbar a los sementales pura sangre, según ella para tomar muestras y comprobar la fertilidad de éstos y de paso para que no estuviesen demasiado nerviosos en época de celo. Fuera como fuere la familia de él nunca aceptó aquella unión, así que se desentendió totalmente del pobre Ximo. Al menos siempre le quedaban aquellos largos paseos en bicicleta que daba en compañía de su mujer. Ella siempre insistía en detenerse para que pudiesen escuchar aquellos grillos que él tanto había odiado, pero que conforme pasó el tiempo, empezaron a caerle en gracia. Estaba enamorado de ella, así que cualquier cosa que viniese de ella le parecía maravillosa. Incluso cuando ella invitaba a su madre y a sus tres hermanos a pasar algún fin de semana con ellos en su casa, él ponía buena cara.Cara que se fue agriando no mucho tiempo después, cuando desapareció en su relación el sexo alegando ella que el cansancio que le producía, afectaba a sus entrenamientos físicos y que no rendía en ellos como antes. También cuando ella dejó de pasear en bicicleta con él y lo hacía con un entrenador “personal”. Ya que, según ella, un entrenador físico sacaba lo mejor de su interior y aprovechaba mejor el tiempo. El entrenador era congoleño, de grandes pectorales y anchas piernas. Así que Ximo no se atrevió a expresar su descontento por esta nueva situación. Ximo paseaba solitario por el mismo bosque por donde tantas veces había pasado con María todas las tardes. Una día cuando volvió de dar su solitario paseo vespertino encontró una nota pegada en la nevera. La nota decía que María se marchaba con su entrenador a otro país. Al Congo, pensó él. También decía la nota que la perdonase por haberse marchado así pero que su entrenador había tenido unos pequeños problemas legales y tenían que salir rápidamente del país. Que le quería pero que se había dado cuenta de que con Inko´o, su entrenador, había encontrado la motivación de su vida. Que siempre le recordaría, que siempre lo llevaría en el corazón y todas esas jilipolleces que se suelen decir en esos casos. Ximo se encontró de la noche a la mañana completamente solo. Por las mañanas se dirigía a su trabajo, que casualmente era en otra granja pues era sexador de pollitos, y al acabar la jornada volvía a casa para no hacer otra cosa más que beber y beber. Las latas de cerveza se apilaban por todo el suelo del salón. No le daba tiempo a recogerlas ya que cuando acababa de beber era porque se había deslomado sobre el sofá inmerso en un profundo coma y cuando llegaba del trabajo ya venía “a tono” a causa del par de paradas que hacía en los bares que habían en el camino de vuelta de la granja a su casa. Así que lo único que le apetecía era ir a la nevera a por más cerveza y sentarse delante de la tele. El día que se cumplían dos años desde que se marchó María era jueves. Llegada la noche pensó que sería buena idea sacar su empolvada bicicleta y dar uno de eso paseos de antaño. Cogió su bicicleta y salió a trompicones de su casa dirigiéndose hacia el bosque que él tan bien conocía. Se detuvo justo en el punto exacto donde hacía dos años y diez meses había tenido un pequeño encontronazo. Justo al lado de un precioso y robusto árbol. Fijó su mirada en un corazón grabado en el tronco. Llevaba en su interior las letras M y X. A pesar de que sentía que la cabeza le daba mil vueltas por segundo, sonrió. Se quitó el cinturón del pantalón y apoyó la bici en el árbol. Secándose las lágrimas se subió de nuevo a la bici y tras un par de minutos, la bicicleta cayó sobre su lado izquierdo al suelo. Exactamente en el mismo sitio donde Ximo hubo de recogerla una vez con dos dedos de su mano rotos. Pero esta vez, Ximo no cayó con ella.

Toni

Lo único bueno que se podía decir de aquella calle, es que era la calle principal. Un fuerte olor a orina caliente mezclado con ese olor a pescado que venía del puerto y que despedían los cubos de basura abandonados hacía días por la huelga de basureros hacía de aquella calle algo especial. Cuando habías nacido en este barrio ningún olor te parecía desagradable. Quizás al contrario; no olvidabas esos aromas que te acompañaban por el resto de tus días. Así era su barrio, y a Toni no le importaba lo más mínimo. Iba caminando, pensando en qué le iba a contar a su ex – mujer cuando se enterase de que le habían despedido y que no podría pasarle la pensión. De hecho no pensaba pasarle la pensión nunca más. Al principio se sentía culpable de su fracaso matrimonial y pensaba que su mujer se había acostado con aquellos tres marineros porque él no la satisfacía como un buen marido debía de hacer. Así que cuando ella se marchó en aquella fragata portuguesa, pensó que no podría mantener él solo a sus dos hijitas y buscó trabajo extra por las noches para sacar un sobre sueldo. Se dedicaba a limpiar los retretes de un club gay de intercambio de parejas. Nunca se hubiese podido imaginar que aquello iba a ser tan duro. Siempre se preguntó por qué la mayoría de los clientes de aquel club tenían bastante floja la válvula de escape. Sobretodo después de aquellas reuniones privadas que solían tener en los reservados del club. Pensaba que sería a causa del horrendo café que servían allí. De todas formas aquello no duró mucho, ya que la que todavía era legalmente su mujer, volvió un día cuando él se encontraba fuera de casa y se llevó a las dos niñas. Se encontró a la niñera atada y amordazada metida en el cubo de la ropa sucia. Sólo recordaba que un armario ropero vestido de marinerito le dio un fuerte puñetazo en la nariz cuando entreabrió la puerta para ver quien llamaba tan insistentemente. La verdad es que a Toni no le importó demasiado aquello. Incluso se sintió aliviado; porque ahora podía dejar de limpiar aquellos asquerosos retretes. Además, nunca había estado seguro de que aquellas niñas fuesen suyas. Así que lo único que hizo fue darle la paga a la niñera, más un dinero extra para la operación de la nariz y luego se sentó a ver la televisión mientras se bebía una de aquellas cervezas irlandesas que tanto le gustaban. Su mujer odiaba la cerveza y quizás por eso a él le sabía a gloria. Así que de ninguna manera iba a pasarle más dinero a aquella mujer. Calle abajo una melancólica trompeta sonaba como el lamento de un vagabundo. Debajo de la tenue luz de una oxidada farola, un negro trajeado con unos de esos trajes de las rebajas de enero, soplaba sudoroso su viejo instrumento. A cada pausa que aprovechaba para recuperar el aliento, esbozaba una leve sonrisa y seguía soplando. Su garganta se hinchaba como la de un sapo en celo y las gotas de sudor le caían cuello abajo desapareciendo entre el cuello de su camisa y las venas hinchadas de su grueso cuello. Toni se acercó lentamente y se paró a escucharle. Al fin y al cabo no tenía otra cosa mejor que hacer y todavía era pronto para volver a casa. Aquellas notas parecían hipnóticas. Suaves, lentas y aterciopeladas. El negro miraba de reojo a Toni de vez en cuando y parecía agradecer la atención prestada. Hasta pasados un par de minutos, Toni no se percató de que una de las manos de aquel sapo sudoroso estaba llena de sangre. No era suya evidentemente, pues no le costaba lo más mínimo deslizar aquellos enormes dedos sobre la trompeta. En una de sus miradas, el negro vio la cara de confusión de Toni. Volvió a sonreír, esta vez ampliamente, mirando afablemente a Toni, como si fuese un viejo colega de juventud. Sacó de su bolsillo izquierdo un pañuelo de color oscuro y se secó la frente de sudor. Después de devolver el pañuelo a su lugar de origen, desvió la mirada hacia la carretera. Toni entrecerró los ojos para intentar ver en la penumbra lo que parecía un cuerpo. A los pocos segundos descubrió la figura de un hombre pequeño, estirado sobre el suelo, boca arriba y con un enorme cuchillo clavado en la garganta. Todavía mantenía una mano metida en el bolsillo del pantalón. La otra estaba sobre su pecho, como si hubiese intentado sacarse el cuchillo del gaznate y se hubiera quedado a medio camino. A un par de metros de el cuerpo había una estuche de un instrumento. Por la forma de el estuche Toni dedujo que se trataba de un saxofón, no demasiado grande. Un saxo alto quizás, pensó Toni. Una profunda voz interrumpió su pensamiento: “Esa maldita rata blanca ya no volverá a tocar su “solo” antes que yo”. Y colocó la boquilla de su trompeta contra su soplido continuando con aquella suave melodía. Toni agachó la cabeza y continuando con su paseo le deseó suerte a aquel curioso personaje. “La verdad es que no toca nada mal”, pensó. Tres pasos después, su boca se hacía agua pensando en la deliciosa y helada cerveza irlandesa que iba a tomar en cuanto llegase a casa.