Toni
Lo único bueno que se podía decir de aquella calle, es que era la calle principal. Un fuerte olor a orina caliente mezclado con ese olor a pescado que venía del puerto y que despedían los cubos de basura abandonados hacía días por la huelga de basureros hacía de aquella calle algo especial. Cuando habías nacido en este barrio ningún olor te parecía desagradable. Quizás al contrario; no olvidabas esos aromas que te acompañaban por el resto de tus días. Así era su barrio, y a Toni no le importaba lo más mínimo. Iba caminando, pensando en qué le iba a contar a su ex – mujer cuando se enterase de que le habían despedido y que no podría pasarle la pensión. De hecho no pensaba pasarle la pensión nunca más. Al principio se sentía culpable de su fracaso matrimonial y pensaba que su mujer se había acostado con aquellos tres marineros porque él no la satisfacía como un buen marido debía de hacer. Así que cuando ella se marchó en aquella fragata portuguesa, pensó que no podría mantener él solo a sus dos hijitas y buscó trabajo extra por las noches para sacar un sobre sueldo. Se dedicaba a limpiar los retretes de un club gay de intercambio de parejas. Nunca se hubiese podido imaginar que aquello iba a ser tan duro. Siempre se preguntó por qué la mayoría de los clientes de aquel club tenían bastante floja la válvula de escape. Sobretodo después de aquellas reuniones privadas que solían tener en los reservados del club. Pensaba que sería a causa del horrendo café que servían allí. De todas formas aquello no duró mucho, ya que la que todavía era legalmente su mujer, volvió un día cuando él se encontraba fuera de casa y se llevó a las dos niñas. Se encontró a la niñera atada y amordazada metida en el cubo de la ropa sucia. Sólo recordaba que un armario ropero vestido de marinerito le dio un fuerte puñetazo en la nariz cuando entreabrió la puerta para ver quien llamaba tan insistentemente. La verdad es que a Toni no le importó demasiado aquello. Incluso se sintió aliviado; porque ahora podía dejar de limpiar aquellos asquerosos retretes. Además, nunca había estado seguro de que aquellas niñas fuesen suyas. Así que lo único que hizo fue darle la paga a la niñera, más un dinero extra para la operación de la nariz y luego se sentó a ver la televisión mientras se bebía una de aquellas cervezas irlandesas que tanto le gustaban. Su mujer odiaba la cerveza y quizás por eso a él le sabía a gloria. Así que de ninguna manera iba a pasarle más dinero a aquella mujer. Calle abajo una melancólica trompeta sonaba como el lamento de un vagabundo. Debajo de la tenue luz de una oxidada farola, un negro trajeado con unos de esos trajes de las rebajas de enero, soplaba sudoroso su viejo instrumento. A cada pausa que aprovechaba para recuperar el aliento, esbozaba una leve sonrisa y seguía soplando. Su garganta se hinchaba como la de un sapo en celo y las gotas de sudor le caían cuello abajo desapareciendo entre el cuello de su camisa y las venas hinchadas de su grueso cuello. Toni se acercó lentamente y se paró a escucharle. Al fin y al cabo no tenía otra cosa mejor que hacer y todavía era pronto para volver a casa. Aquellas notas parecían hipnóticas. Suaves, lentas y aterciopeladas. El negro miraba de reojo a Toni de vez en cuando y parecía agradecer la atención prestada. Hasta pasados un par de minutos, Toni no se percató de que una de las manos de aquel sapo sudoroso estaba llena de sangre. No era suya evidentemente, pues no le costaba lo más mínimo deslizar aquellos enormes dedos sobre la trompeta. En una de sus miradas, el negro vio la cara de confusión de Toni. Volvió a sonreír, esta vez ampliamente, mirando afablemente a Toni, como si fuese un viejo colega de juventud. Sacó de su bolsillo izquierdo un pañuelo de color oscuro y se secó la frente de sudor. Después de devolver el pañuelo a su lugar de origen, desvió la mirada hacia la carretera. Toni entrecerró los ojos para intentar ver en la penumbra lo que parecía un cuerpo. A los pocos segundos descubrió la figura de un hombre pequeño, estirado sobre el suelo, boca arriba y con un enorme cuchillo clavado en la garganta. Todavía mantenía una mano metida en el bolsillo del pantalón. La otra estaba sobre su pecho, como si hubiese intentado sacarse el cuchillo del gaznate y se hubiera quedado a medio camino. A un par de metros de el cuerpo había una estuche de un instrumento. Por la forma de el estuche Toni dedujo que se trataba de un saxofón, no demasiado grande. Un saxo alto quizás, pensó Toni. Una profunda voz interrumpió su pensamiento: “Esa maldita rata blanca ya no volverá a tocar su “solo” antes que yo”. Y colocó la boquilla de su trompeta contra su soplido continuando con aquella suave melodía. Toni agachó la cabeza y continuando con su paseo le deseó suerte a aquel curioso personaje. “La verdad es que no toca nada mal”, pensó. Tres pasos después, su boca se hacía agua pensando en la deliciosa y helada cerveza irlandesa que iba a tomar en cuanto llegase a casa.

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