Ximo
Desde que le dejó su mujer no había vuelto a montar en bicicleta. Ya no le agradaba pedalear por el bosque, escuchando aquellos grillos a los que, con el tiempo, había aprendido a considerar como elementos imprescindibles de todo buen paseo. Conoció a la que luego sería su mujer en aquel bosque. Precisamente dando su paseo diario en bici. Desvió un momento la vista del camino intentando descubrir el escondrijo de aquellos malditos insectos que taladraban su cabeza desde que salía de su casa hasta que regresaba sudoroso y jadeante, cuando sin saber cómo, chocó frontalmente contra una preciosa morena que había detenido su bicicleta para reponer un poco de líquido elemento. Ximo cayó sobre su costado izquierdo y la chica a pesar del golpe pudo mantenerse en pie, aunque no por ello dejó de blasfemar antes incluso de que él se levantase del suelo. Después de las formales disculpas y las preguntas sobre el estado de salud de la chica, vinieron las presentaciones. Ella se llamaba María. Tenía un cuerpo precioso. Bien moldeado tras largas horas de gimnasio y paseos en bicicleta. A ella le consoló comprobar que ya que él había tenido la culpa, al menos se había roto dos dedos de la mano en la caída. De todas formas sintió un poco de lástima, así que aceptó la invitación de él de compensarla con una cena íntima. Tras hora y media de estúpida conversación con estúpidas preguntas tópicas sobre trabajo y aficiones, disfrutaron del sexo durante lo que quedó de noche. Todo lo demás vino rodado: una boda hortera apenas transcurridos diez meses desde su primer encuentro con apenas una par de invitados por parte de él y casi un par de pares de docenas de invitados por parte de la novia. A la familia de Ximo le gustó saber que ella trabajaba en una granja veterinaria, pero no les hizo nada de gracia saber que su trabajo consistía en masturbar a los sementales pura sangre, según ella para tomar muestras y comprobar la fertilidad de éstos y de paso para que no estuviesen demasiado nerviosos en época de celo. Fuera como fuere la familia de él nunca aceptó aquella unión, así que se desentendió totalmente del pobre Ximo. Al menos siempre le quedaban aquellos largos paseos en bicicleta que daba en compañía de su mujer. Ella siempre insistía en detenerse para que pudiesen escuchar aquellos grillos que él tanto había odiado, pero que conforme pasó el tiempo, empezaron a caerle en gracia. Estaba enamorado de ella, así que cualquier cosa que viniese de ella le parecía maravillosa. Incluso cuando ella invitaba a su madre y a sus tres hermanos a pasar algún fin de semana con ellos en su casa, él ponía buena cara.Cara que se fue agriando no mucho tiempo después, cuando desapareció en su relación el sexo alegando ella que el cansancio que le producía, afectaba a sus entrenamientos físicos y que no rendía en ellos como antes. También cuando ella dejó de pasear en bicicleta con él y lo hacía con un entrenador “personal”. Ya que, según ella, un entrenador físico sacaba lo mejor de su interior y aprovechaba mejor el tiempo. El entrenador era congoleño, de grandes pectorales y anchas piernas. Así que Ximo no se atrevió a expresar su descontento por esta nueva situación. Ximo paseaba solitario por el mismo bosque por donde tantas veces había pasado con María todas las tardes. Una día cuando volvió de dar su solitario paseo vespertino encontró una nota pegada en la nevera. La nota decía que María se marchaba con su entrenador a otro país. Al Congo, pensó él. También decía la nota que la perdonase por haberse marchado así pero que su entrenador había tenido unos pequeños problemas legales y tenían que salir rápidamente del país. Que le quería pero que se había dado cuenta de que con Inko´o, su entrenador, había encontrado la motivación de su vida. Que siempre le recordaría, que siempre lo llevaría en el corazón y todas esas jilipolleces que se suelen decir en esos casos. Ximo se encontró de la noche a la mañana completamente solo. Por las mañanas se dirigía a su trabajo, que casualmente era en otra granja pues era sexador de pollitos, y al acabar la jornada volvía a casa para no hacer otra cosa más que beber y beber. Las latas de cerveza se apilaban por todo el suelo del salón. No le daba tiempo a recogerlas ya que cuando acababa de beber era porque se había deslomado sobre el sofá inmerso en un profundo coma y cuando llegaba del trabajo ya venía “a tono” a causa del par de paradas que hacía en los bares que habían en el camino de vuelta de la granja a su casa. Así que lo único que le apetecía era ir a la nevera a por más cerveza y sentarse delante de la tele. El día que se cumplían dos años desde que se marchó María era jueves. Llegada la noche pensó que sería buena idea sacar su empolvada bicicleta y dar uno de eso paseos de antaño. Cogió su bicicleta y salió a trompicones de su casa dirigiéndose hacia el bosque que él tan bien conocía. Se detuvo justo en el punto exacto donde hacía dos años y diez meses había tenido un pequeño encontronazo. Justo al lado de un precioso y robusto árbol. Fijó su mirada en un corazón grabado en el tronco. Llevaba en su interior las letras M y X. A pesar de que sentía que la cabeza le daba mil vueltas por segundo, sonrió. Se quitó el cinturón del pantalón y apoyó la bici en el árbol. Secándose las lágrimas se subió de nuevo a la bici y tras un par de minutos, la bicicleta cayó sobre su lado izquierdo al suelo. Exactamente en el mismo sitio donde Ximo hubo de recogerla una vez con dos dedos de su mano rotos. Pero esta vez, Ximo no cayó con ella.

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