Caducidad
A menudo me asalta la siguiente cuestión: ¿Por qué me caducan los preservativos?
“Por que tú quieres”, me suelen contestar. ¡Claro! Podría llenarlos de agua y organizar una fiesta infantil con ganchitos y coca-cola Light. O podría ir a la puerta de cualquier instituto y repartirlos de manera altruista a riesgo de ser golpeado por algún/a progenitor/a celoso/a guardián de la fe y la moral; que con toda seguridad fijaría como objetivo, salvas sean mis partes, inutilizar el funcionamiento de mi aparato reproductor; que dicho sea de paso, por no reproducir no reproduce ni el eco de esos clamorosos y simpáticos vítores que de joven proclamaba. Otra opción, sería la de meterme en la piel del tipo, de dudosa gracia, que en las reuniones de amigotes se encasqueta la gomita en la cabeza justo hasta la parte superior de los labios y obstaculizando la salida del aire con los pulgares, sopla y sopla por la nariz hasta que el profiláctico en cuestión alcanza dimensiones descomunales. Todo ello sin saber nadie exactamente cual es el objetivo de dicha hazaña. Como no tengo vocación de convertirme en el “friki” del grupo y salvando el inconveniente de que para que pudiese realizar tamaña acción necesitaría uno tamaño “King Size” para poder introducir mi grácil cabecita por él.. La pregunta siempre queda en el aire. El caso es que me ha vuelto a surgir la pregunta porque, efectivamente, me han vuelto a caducar los preservativos. Y además los de sabor a fresa!! Que no creo que ni dios sepa a lo que sabrán actualmente. Agghh.. Bueno, me marcho con mi inquietud a reemplazar los caducados previsores por otros que caducarán dentro de… bufff!! Mejor ni pensarlo.
