Crónica de un mal fario (1994)
Era de noche. No había Luna. Mal presagio. La reina de la noche no quería volver a ser testigo de un nuevo fracaso. El pequeño duende buscaba nervioso una nueva oportunidad de conseguir su ansiado Unicornio Azul.
No había Luna. El pequeño duende había estado acechándolo cautelosamente durante mucho tiempo. Demasiado tiempo como para no sentir mermada su confianza, pues cada vez que se encontraba más cerca de su sueño, éste se esfumaba burlón golpeando duramente toda la ilusión que en él creía día a día pensando en el momento de poder llegar a tocar, si quiera, su Unicornio.
A pesar de ello, se armó de valor. Había que volverlo a intentar. Se acercó a él, casi sin creer que pudiera tenerlo tan cerca. Podía incluso percibir su aroma. Le temblaba todo el cuerpo cuando por fin, acertó a ofrecer sus brazos al Unicornio. Pero aquel momento mágico se truncó cuando el Unicornio, dirigiendo una preciosa sonrisa al duende, se alejó dejando tras él una estela de nuevas ilusiones para construir.
El duende cayó de rodillas y lloró lágrimas de cristal. Se había repetido la historia, y cada vez era más costoso reemprender el camino nuevamente.
La estela que dejó el Unicornio se llevó consigo las lágrimas del duende. Por eso, todas las noches vemos en el cielo lo que para él significa comenzar de nuevo. Desde allí, brillan recordándole que debe seguir con su búsqueda. Pues el día que logre ser aceptado por el Unicornio, se llenará el cielo de lágrimas, pero esta vez no serán lágrimas de frustración, sino de alegría. Habrá sido un largo camino, pero tendrá el sueño donde acunar todas sus ilusiones.
Ese día habrá Luna y el pequeño duende cabalgará hacia ella a lomos de su Unicornio para fundirse en un solo deseo… Vivir juntos para siempre.
13 de Junio de 1994
