Raúl
Probablemente era la cantante de fados más bella que había visto jamás. Aquella belleza triste, serena, melancólica. Raúl se enamoró de ella nada más ver cómo movía las manos. Parecía acariciar aquellos recuerdos que nacían de sus canciones. Y esa mirada cristalina, como perdida en el pasado. Un pasado doloroso casi siempre. Después de la última canción de la noche se acercó a ella. Ella susurró su nombre; Giselda. Sin hacerle mucho caso pidió un vaso de vino blanco. Siempre con la mirada perdida. Él no supo qué decir, así que pidió un vaso de vino para acompañarla. Ella ni siquiera le miraba pero Raúl todavía le hizo un par de preguntas tontas; al final se marchó. Volvía cada jueves al la misma hora, a la misma mesa, en la primera fila. Así podía observarla detenidamente. Quedaba hipnotizado cuando ella comenzaba a cantar. Ni siquiera se acababa la bebida que pedía, siempre al mismo camarero. Cuando ella salía al escenario, el tiempo se detenía para Raúl. El único cambio que se apreciaba en él era que casi siempre antes de que acabase el primer fado ya tenía dos lágrimas humedeciendo sus mejillas. Cuando terminó la actuación se quedó de piedra al ver como ella se acercaba a su mesa. Sin pedir permiso, como si la mesa estuviera vacía, se sentó a su lado. Pidió al camarero un vaso de vino blanco, como siempre. Luego sin levantar la mirada del vino le dijo que no podía ofrecerle nada. Que su corazón hacía tiempo que no latía. Que lo había encerrado junto a sus recuerdos. Raúl no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Le dijo que no le importaba, que lo único que él quería era poder amarla. Que le bastaba con ofrecerle su amor sin nada a cambio. Que solo quería poder estar con ella, poder verla todos los días del resto de su vida. Se fueron a vivir a casa de Giselda, una preciosa casita al borde del mar. Era una casa sencilla, de paredes blancas. Sus paredes estaban prácticamente vacías. Solo las marcas de unos cuadros que algún día reposaron en ellas. Era una casa bonita, triste, silenciosa. No hablaban apenas. Ella se pasaba el día mirando el mar, en silencio, como quien ve alejarse un barco en la lejanía. Él solía sentarse a su lado y también en silencio la observaba. Giselda tenía algo que Raúl no sabía bien qué era pero que le tenía completamente enamorado. Al anochecer se sentaban al lado del fuego de la chimenea y ella le cantaba alguna canción. Por la mañana Raúl salía a trabajar y ella se quedaba sentada en un pequeño sillón en la terraza, mirando como siempre, el mar. De vez en cuando una lágrima caía por su mejilla; lentamente, muy suavemente; como acariciándola. Ella sonreía sin dejar de mirar al mar. Como agradeciendo la caricia recibida. Una tarde, Raúl regresó del trabajo y no la encontró en su sillón. Echó un vistazo hacia la playa para ver si ella estaba paseando; pero tampoco la encontró. Cuando entró a la habitación la encontró tumbada en la cama, boca arriba. Tenía puesto un precioso vestido de seda blanquísimo. Parecía dormida, con la cabeza girada hacia su izquierda, como mirando por la ventana. Estaba pálida. Se había abierto las venas. Su expresión era dulce como el dormir de una niña. Por primera vez desde que la veía Raúl, parecía feliz. Raúl cayó de rodillas al lado de la cama y lloró amargamente como no lo había hecho en toda su vida. Permaneció allí, qué importa cuanto tiempo. Luego la cogió en sus brazos y salió con ella hacia la playa. La subió a una pequeña barca que tenía ella desde hacía años, abandonada no se sabe cuantos más. Era una pequeña barca de color blanco, medio podrida por el tiempo y el abandono. Bautizada como Unicornio en letras verdes y pequeñas Comenzó a remar mar adentro mirando el dulce rostro de Giselda entre lágrimas. Apretando los dientes y sintiendo una rabia que le comía por dentro. Remó sin descanso hasta que casi había perdido de vista la costa. Por fin dejó de remar y dejó caer los remos al agua. Se quedó un rato mirándola, pero ahora ya no sentía rabia. Ahora la miraba con amor. Raúl se dio cuenta de que quizás después de mucho tiempo, ella era feliz. La miró recordando la primera vez que la vio salir al escenario. Casualmente con el mismo vestido que llevaba puesto ahora. Estaba resplandeciente bajo los focos con aquel vestido blanco. También recordó cada una de las horas, minutos, segundos que había estado con ella mirando el mar. Raúl la miraba y no podía sentir más amor del que mostraban sus ojos. El mar estaba movido. La barca se zarandeaba de un lado a otro como si quisiera tirarlos a los dos fuera de ella. No hizo falta. Raúl cogió nuevamente a Giselda entre sus brazos y besándola, se lanzó al mar con ella. Abrazados dulcemente se perdieron en el fondo de las olas.
