jueves, agosto 04, 2005

Debato

Me debato entre la danza etílica y estúpida con mi oscura inseguridad o el debate sobresaturado y mecanizado con mis sobrealimentados complejos. Esta incertidumbre casi siempre surge con la nocturnidad protectora y el silencio de un guerrero ya vencido. Al final opto por bailar con mis pensamientos ya al borde de la locura etílica, puesto que la noche, fiel compañera, prudente consejera, me acoge sin pedir nada a cambio. Al final caigo rendido sobre mi lecho hundido de soledad y perfumado de silencio. Cierro los ojos y puedo ver pasar por mi cabeza, como un tío-vivo sin freno, todos mis fantasmas y mis temores. Todos me recuerdan que no hay vuelta atrás. Todos me señalan un único camino. La noche sudorosa y temblorosa cae suavemente sobre mí. Ya no sé donde me encuentro. Miro mis manos y parecen hablarme, bajito, de sus locuras. Doy vueltas y más vueltas para encontrar una posición acogedora y a su vez infinita. Creo estar en el mismo lugar que estuve ayer. En la misma posición en la que estuve ayer. Mirando las mismas manos que miraba ayer. Ya no sé muy bien si voy o si vengo. Ya no sé muy bien qué hago aquí. Solo siento que caigo hacia un vacío. No veo el final. Necesito gritar y mis cuerdas vocales han decidido hacer huelga. Aprieto los dientes hasta casi hacerlos desaparecer los unos dentro de los otros. Cierro los puños y siento mis uñas clavadas en su interior. Empiezo a girar y girar como un número en una ruleta al que nadie nunca apostará nada. Al final, la calma. Llego a la orilla de mi cama, sediento y ciego. Mis complejos hace rato que me esperan para lavarme la cara, proporcionarme un rápido afeitado, darme una palmadita en la espalda y desearme un buen día. Todo terminó.