sábado, septiembre 06, 2003

Willy

Le sacaron a patadas por la puerta trasera de aquel club clandestino. Cayó volando encima de los cubos de basura y aterrizó contra la pared del callejón. Tardó un par de minutos en poder moverse y otros cinco en ponerse en pie. Tenía la ceja derecha partida por la mitad, la nariz hinchada como una patata, y probablemente un par de costillas rotas. (Eso siendo muy optimista). Recordó haberse tragado algo mientras caía al suelo. Efectivamente; comprobó con la lengua que sus dos palatales superiores habían desaparecido. Al menos había conservado la vida. Le habían pillado haciendo trampas en una partida muy importante de cartas y encima le había llamado al jefe del local, bola de sebo sudorosa. Le salió una carcajada apagada rápidamente por los pinchazos que le producían las costillas fracturadas. Aunque a decir verdad, había bebido tanto que no sentía en todo su esplendor la paliza que le habían dado. No sabía realmente si volver a casa o quedarse sentado en la acera durante un buen rato. No tuvo que decidir. En cuanto dio tres pasos, se desplomó contra el suelo. Todo empezó una noche en el casino de la ciudad. Allí estaba Willy, sentado en la barra del bar. Llevaba bebiendo un par de horas así que ya había perdido el interés por el juego. Era un tío apuesto, de metro ochenta y poco, moreno de ojos verdes. En fin, tenía a todas las mujeres que quería. La mayoría de las que se le acercaban eran fulanas que solo querían sacarle un par de copas y un par de billetes por terminar la noche en cualquier sucio motel. Pero esa noche fue distinto. Apareció en el casino una morena de preciosa figura llamada Lupe. Se acercó a él y le pidió un cigarro. Willy sin apenas mirarla le dijo que no fumaba, que bastante tenía con aguantar el humo del local. Pero para compensar, la invitó a una copa. Ella pidió tequila. Fue entonces cuando Willy levantó la cabeza y la miró a los ojos por primera vez. Pensó que una mujer que bebe tequila merece la pena hablar con ella. Así que charlaron durante un buen rato sin moverse de la barra. Ella dijo que le habían dado plantón y que si podía acompañarla a su casa. La verdad es que Willy estaba tan borracho que era él el que necesitaba que le acompañasen, pero aún así aceptó. Fueron paseando, pues ella no vivía muy lejos. Mientras ella hablaba, Willy intentaba no darse de morros con las farolas que iban encontrándose por la calle. Ella le dijo que hacía poco que había llegado a la ciudad y que no conocía a nadie. Él sin mediar palabra, se metió en el primer taxi que encontró y se largó. Pensó que ya le dolía la cabeza bastante como para aguantar a aquella zorra de bar de mala muerte. A la noche siguiente volvió a la barra del bar del casino como hacía todos los sábados. Cuando ya empezaba a sentir mareo después de una hora de bebida continua, apareció ella. Willy esperaba un chaparrón de insultos y hasta alguna ostia, quizás. Pero no fue así. Lejos de parecer molesta, Lupe se le acercó y pidió un tequila al camarero. Le preguntó que por qué bebía tanto. Willy contestó que no tenía ningún problema con la bebida. Que empezó a beber cada vez que su suegra iba a visitarles a él y a su esposa. Así aguantaba mejor el chorreo de su madre política sobre su estado económico, su paro laboral y sobre las penurias que estaba haciéndole pasar a su hijita. Por suerte, su mujer le dejó a los pocos meses y con ella su suegra. Pero seguía bebiendo cada noche para celebrarlo. Soltó una sonora carcajada mientras alzaba su vaso para brindar. Esta vez fue él el que se ofreció para acompañar a Lupe a su casa. Ella aceptó encantada. Esto mosqueó a Willy, pues no confiaba demasiado en una mujer que no se molestaba cuando la dejaban colgada como la otra noche. La verdad es que no se fiaba de ninguna mujer. Cuando llegaron al piso de Lupe, ésta le invitó a subir. Cosa que aceptó de buen gusto. Estuvieron un rato bebiendo y escuchando música antes de entregarse a la lujuria de una noche interminable. Le despertaron las patadas de dos tipos enormes como gorilas. Lupe resultó ser la mujer de Carlo, el dueño del casino. Solamente había querido pegar un polvo con él. Mala jugada, pues Carlo regresó esa noche a casa antes de lo previsto. Se suponía que iba a estar fuera de la ciudad toda la semana, pero unos asuntos imprevistos le habían hecho volver antes. Willy no podía creérselo. De todas las malditas mujeres de toda la maldita ciudad tenía que haberse dejado engañar por la maldita zorra del capo más importante de la ciudad. Cada vez que Willy abría la boca para dar una explicación se la cerraban de una patada. A pesar de todo, Carlo fue indulgente. Sabía que su mujer, a sus espaldas, aprovechaba cualquier ausencia suya para buscar alguien a quien tirarse, y creyó a Willy cuando le dijo que no sabía nada de todo aquello. La verdad es que nadie se atrevería a dormir en la cama del mismísimo Carlo y más aún con su mujer, sabiendo lo que hacía. De todas formas no podía dejar impune aquel hecho. Sus hombres no lo verían bien. Además, ¿qué clase de capo permitiría que alguien le pusiese los cuernos? Así que llegaron a un acuerdo. Willy entraría en una partida de cartas en uno de los clubes de Carlo. La apuesta era todo o nada. Los jugadores se apostaban todas sus pertenencias. Cualquier cosa entraba en la apuesta de la partida: coches, negocios, fábricas, residencias...Hasta se comentaba que algún pobre desgraciado había apostado a su mujer, perdiéndola, claro está. La verdad es que Willy no tenía nada que apostar más que su coche y unos cuantos billetes. No tenía trabajo y vivía en una habitación de un sucio motel. Así que decidió contarle a Carlo que disponía de una herencia de varios miles de billetes. Evidentemente intentó hacer trampa durante la partida pero ¿qué clase de trampas podía hacer él, que ni siquiera había jugado más de un par de veces a las cartas? Le pillaron. Como no estaba seguro sobre el valor de los naipes se había metido media baraja en una manga. Craso error para alguien que no para de beber y no para de levantar el brazo, copa arriba, copa abajo. Borracho perdido y con los nervios de punta, desparramó todas las cartas de su manga por encima de la mesa. Por un momento se hizo el silencio. Después solo se oyó la carcajada de Carlo, seguida por la de los demás jugadores. Willy no sabía si reír o mearse encima. Optó por la peor opción; insultar a Carlo, a su mujer y a todos sus feos guardaespaldas. Nadie había recibido tantos golpes en un par de minutos como Willy. Cuando recobró el conocimiento, se sentó en la acera. No sabía muy bien qué le había pasado y solamente miraba al suelo buscando su copa. Entonces se abrió la puerta por donde Willy había salido volando y apareció Carlo con dos de sus gorilas. Llevaba entre las manos una caja de cartón. Carlo la depositó enfrente de Willy. Le dijo que estaba de acuerdo en compartir a su mujer. Cuando Willy abrió la caja encontró la cabeza de Lupe y dos pechos cortados. Levantó la vista horrorizado y solo vio los cañones de dos pistolas apuntándole a la cara. Los disparos sonaron hasta que Smith y Wesson no tuvieron más que decir.